UN LUGAR LLAMADO NADA
Llegué a un lugar
donde no existía el dolor,
pero tampoco el amor.
No había lágrimas, pero tampoco sonrisas.
No existía la tristeza, pero tampoco la alegría.
Nadie sufría, pero nadie soñaba.
No había recuerdos que pudieran hacer daño,
pero tampoco recuerdos ue hicieran volver a sonreír.
Todo era silencio.
Un silencio tan profundo que parecía haberse detenido el tiempo.
Miré a mi alrededor
y no encontré caminos,
ni montañas,
ni estrellas,
ni siquiera una luna
que pudiera acompañarme durante la noche.
No había oscuridad, porque tampoco existía la luz.
No había esperanza, pero tampoco desesperación.
Todo era nada.
Entonces comprendí que aquello no era paz.
La paz tiene recuerdos,
tiene lágrimas,
tiene cicatrices
y también tiene esperanza.
Aquello era diferente.
Era un lugar donde nada podía doler porque nada podía sentirse.
Un lugar donde el corazón ya no tenía motivos para romperse,
pero tampoco motivos
para volver a latir.
Y entonces entendí
que prefiero una vida con heridas
antes que una existencia sin sentimientos.
Prefiero llorar por amor que no haber amado nunca.
Prefiero caer y volver a levantarme,
prefiero luchar contra mis demonios
aunque algunas veces me hagan sangrar,
porque mientras exista una batalla
todavía existe algo por lo que luchar.
Así que regresé.
Regresé a mi batalla,
a mis noches,
a mis heridas,
a mis recuerdos,
a las personas que amo y también a aquellas que perdí.
Regresé a mis montañas,
a mis mares,
a mis lunas
y a mis estrellas.
Regresé a la vida.
Porque todavía tenía muchas lágrimas por convertir en palabras,
muchas heridas por convertir en poesía,
muchas historias por contar
y, sobre todo,
todavía tenía
poemas por escribir.