TÚ SABÍAS CÓMO ENTRAR EN MI ALMA
Tú sabías cómo entrar en mi alma
cuando yo cerraba todas las puertas.
Conocías mis silencios,
mis miedos, mis debilidades
y también mi carácter testarudo.
Sabías cuándo estaba mal
aunque dijera que no me pasaba nada.
Y me decías:
«Soy tu amiga y, sobre todo, mujer.
Sé por dónde entrarte
y cómo hacerlo para calmarte.
Y si tengo que regañarte, lo haré,
aunque no te guste,
porque es por tu bien.»
Y yo sabía que era verdad.
No necesitabas grandes cosas
para hacerme feliz.
Un mensaje,
un bueno día,
una palabra dulce,
una mirada,
una mano tendida
cuando más la necesitaba.
Cuando tuve aquel accidente,
mientras otros miraban el coche,
tú mirabas cómo estaba yo.
Y quizá ahí comprendí
por qué me había encariñado tanto contigo.
Porque tú no mirabas solamente al Poeta.
Mirabas al hombre que había detrás.
Hoy, después de tantos años,
no sueño con grandes cosas.
Solo imagino una mesa,
dos cafés
y tú frente a mí.
Un beso en la mejilla
y aquellas palabras que tanto necesitaba:
«Sé que no estás bien.
Cuéntame, a ver si puedo ayudarte.»
Quizá fueron pequeños detalles,
pero fueron esos pequeños detalles
los que llenaron mi corazón.