Perdóname si no supe quererte
Del Poeta de la Dulce Pena a su Princesa del Amanecer
Cuando la enfermedad llamó a tu puerta, el miedo se apoderó de mi corazón, quise protegerte de todos los males y terminé ahogándote con mi preocupación.
No comprendí que querer también es dar espacio, que cuidar no significa vigilar, que hasta las flores más hermosas necesitan aire para respirar.
Después llegó aquel día en que mi corazón no pudo callar, te confesé que estaba enamorado, sin pensar cuánto podía cambiar.
No fue un delito enamorarme, pero quizá no supe comprender que tú tenías derecho a sentir distinto, y yo debía aprenderlo a aceptar también.
Y cometí mi más doloroso error, cuando el miedo me hizo hablar, te dije que si algún día te perdía con mi vida quería acabar.
Hoy comprendo cuánto pudieron herirte aquellas palabras nacidas de mi desesperación, no era justo poner sobre tus hombros el peso de mi vida y mi dolor.
Perdóname por aquella carga, por no saber pedir ayuda de otra manera, por convertir mi miedo a perderte en una sombra sobre tu primavera.
También hubo voces entre nosotros, palabras que sembraron desconfianza, yo sentí que la envidia, la perfidia y la insidia iban destruyendo nuestra esperanza.
Quizá hubo errores y malentendidos, quizá verdades que nunca llegué a conocer, pero no quiero seguir buscando culpables por aquello que no pudimos resolver.
Han pasado tantos años, princesa, tantos inviernos sin escuchar tu voz, tantos poemas escritos en silencio, tantas preguntas sin contestación.
Si alguna vez estas letras llegan a tus manos, no quiero despertar tu sufrimiento, solo que conozcas al hombre que hoy comprende sus desaciertos.
No te pido que olvides lo ocurrido, ni que regreses a mi lado, ni que borres de tu memoria los momentos que te hayan lastimado.
Solo quisiera que algún día, al recordar nuestra amistad, pudieras encontrar entre las sombras algo hermoso que merezca perdurar.
Porque antes de las lágrimas hubo risas, antes del silencio hubo felicidad, antes de perder nuestros caminos existió una preciosa amistad.
Si algún día decides perdonarme, lo recibiré con gratitud, y si prefieres guardar silencio, también respetaré tu voluntad.
Yo seguiré escribiendo mis poemas, aprendiendo a vivir y a caminar, porque entendí que ninguna despedida debe poner fin a una vida que aún puede continuar.
Y aunque nuestros caminos no se crucen, aunque jamás volvamos a conversar, siempre desearé que seas feliz, mi querida Princesa del Amanecer.
Pues después de tantos años he comprendido una verdad que entonces no supe ver:
Amar no es conseguir que alguien se quede, amar también es respetar que quien un día nos hizo felices tenga derecho a elegir su libertad.
Poeta de la Dulce Pena