Yo soy el Poeta de la Dulce Pena,
tú, mi Princesa del Amanecer.
Llegaste cuando mi mundo era noche
y encendiste una luz que creí eterna.
Por ti desafié al mundo,
por ti lloré en silencio,
por ti subí a montañas
donde nadie escuchaba mi dolor.
Tú me diste un amanecer
y después me dejaste solo en la noche.
No fue perderte lo que más me destrozó,
fue sentir que aquello que para mí era amor
para ti podía convertirse en olvido.
Yo escribía para no romperme,
mientras tú rompías, sin saberlo,
el corazón de quien jamás quiso renunciar a ti.
Mis lágrimas se hicieron poemas,
mis heridas se hicieron versos,
y cada noche llevaba tu recuerdo
allí donde nadie podía encontrarme.
Quizá algún día leas estas palabras
y te reconozcas entre ellas.
Entonces sabrás que aquel poeta
no exageraba su dolor.
Solo intentaba sobrevivir
a la mujer que había convertido
su noche en amanecer
y después volvió a apagarle la luz.
Y aun así...
nunca renuncié a ti.