Los infiernos del poeta
He conocido los infiernos
donde la noche no termina,
donde la luna parece esconderse
y hasta las estrellas
tienen miedo de mirar.
He caminado entre sombras,
con el alma hecha jirones,
arrastrando silencios
que pesaban más que las cadenas
de cualquier condena.
Allí vivían mis demonios.
Algunos tenían nombre,
otros solamente eran recuerdos,
palabras que nunca dije,
abrazos que perdí,
y heridas que aprendieron
a hablar cuando todo callaba.
En aquellos infiernos
el poeta escribía con lágrimas,
porque ya no encontraba tinta
capaz de explicar
todo lo que llevaba dentro.
Cada lágrima era un verso.
Cada noche, una página.
Cada amanecer que llegaba
era una pequeña victoria
contra la oscuridad.
Hubo noches
en las que pensé que no quedaba camino.
Pero siempre,
en algún rincón de mi alma,
quedaba una pequeña luz.
Tan pequeña
que casi no podía verla.
Pero estaba allí.
Y aquella luz me enseñó
que incluso en el infierno
puede nacer una esperanza.
Entonces levanté la mirada
y vi a mi luna.
No me prometió
que el camino sería fácil.
No me dijo
que las heridas desaparecerían.
Simplemente permaneció allí.
Y comprendí
que quizá vencer
no significaba olvidar los infiernos,
sino aprender a salir de ellos
sin dejar que se llevaran
lo que todavía quedaba de mí.
Por eso sigo escribiendo.
Porque mis demonios
quisieron convertir mi historia
en una tragedia.
Y yo decidí convertirla
en poesía.
Hoy camino entre las ruinas
de aquel hombre que fui.
Recojo sus pedazos,
uno a uno,
y construyo con ellos
alguien nuevo.
Quizá por eso me llaman
el Poeta de la dulce pena.
Porque conocí el dolor,
viví en sus noches,
lloré bajo su luna
y escuché de cerca
la voz de mis propios infiernos.
Pero no pudieron conmigo.
Porque todavía escribo.
Todavía sueño.
Todavía camino.
Y mientras exista
una sola palabra dentro de mí,
una sola estrella en el cielo,
una sola razón para levantarse...
los infiernos del poeta
no tendrán la última palabra.
La última palabra
la tendrá la vida.