LO QUE QUEDÓ DE MÍ
Cuando te marchaste,
quedaron tantas cosas
que no supe dónde guardarlas.
El cariño que te tenía,
las palabras pendientes,
aquella ilusión
de volver a verte.
Durante mucho tiempo
miré hacia los días compartidos,
buscando comprender
en qué momento
empezamos a perdernos.
Recordé lo que entregué:
mi confianza,
mi tiempo,
mi corazo,
mi amor,
las ganas de hacerte sonreír
y ese lugar en mi vida
que llevaba tu nombre.
También recordé
todo lo que recibí de ti:
tu compañía,
tu manera de escucharme,
aquella frase que me empujaba
a escribir un poco mejor.
Después llegó el silencio.
Yo tenía tanto dentro
y tan pocas respuestas
que abrí una página
y empecé a hablar
como sabía hacerlo.
Te escribí.
A veces con ternura,
otras con rabia,
muchas con lágrimas
que caían antes
de terminar el verso.
No conseguí traerte de vuelta.
Pero fui encontrando una voz
que reconocía como mía.
La voz de un hombre
que todavía quería,
que necesitaba comprender
y que tenía derecho
a vivir más allá de su tristeza.
Quiero escribir
lo que me pasa.
Quiero decir
lo que antes callaba.
Quiero abrir la ventana
y sentir que aún hay mundo
esperándome fuera.
Si alguna vez lees mis poemas,
encontrarás lo que significaste,
lo que dolió tu ausencia
y lo que todavía siento.
También encontrarás al poeta
que siguió creciendo
durante estos años.
No sé si volveremos a hablar,
ni qué quedará entre nosotros
si llega ese día.
Hoy tengo estas palabras,
la libertad de escribirlas
y una vida
que aún quiero recorrer.
De todo lo que perdí
no he podido recuperarlo todo.
Pero cuando termino un poema
y lo leo en voz baja,
reconozco algo:
aquí sigue mi voz.
Poeta de la Dulce Pena