LO QUE PERDÍ, LO QUE QUEDÓ EN MIS VERSOS
Cuando te alejaste, Princesa del amancer,
mi vida siguió andando,
pero algo dentro de mí
se quedó en aquel lugar
donde todavía hablábamos.
Hubo un tiempo
en que miraba el teléfono
esperando una palabra
que nunca llegaba.
Mi casa tenía puertas,
ventanas, una mesa;
yo caminaba por ella
sin encontrar mi sitio.
Me faltaban nuestras conversaciones,
la confianza de contarte
lo que me pasaba,
tu manera de hacerme sonreír
con unas pocas palabras.
Tu recuerdo seguía allí,
junto a aquella frase
con la que me animabas
a escribir un poco mejor.
Pero ahora tenía tantos versos
y ya no podía
compartirlos contigo.
Una noche intenté hacer balance
de lo que había perdido.
Recordé el tiempo compartido,
el cariño que te entregué,
las ilusiones que fui formando
y las noches sin descanso
buscando una explicación.
También recordé lo recibido:
tu cercanía,
tu atención,
los pequeños gestos
que hicieron que te sintiera
parte de mi vida.
Por eso dolió tanto.
Tenía preguntas
que no sabía dónde dejar.
Tenía palabras pendientes
y un amor
que no encontraba conversación.
Entonces abrí una página.
Escribí tu ausencia,
el miedo,
las despedidas,
lo que me costaba contar
mirando a alguien a los ojos.
A veces el verso salía con ternura.
Otras, con rabia.
Muchas veces tuve que detenerme
porque las lágrimas
no me dejaban ver las letras.
No encontré todas las respuestas.
Algunas siguen abiertas.
Pero al escribirlas
pude escucharme
entre tanto ruido.
Hubo personas que me acompañaron.
La mano de Mi luz,
su presencia junto a mí
en una sala de espera.
Después, Diablita Divina,
otras conversaciones,
otros días
en los que fui recuperando
la confianza.
No ocurrió de golpe.
Hubo mañanas
en que levantarme
ya era bastante.
Hubo tardes
en que un café,
una llamada
o una página terminada
me devolvieron las ganas
de hacer algo al día siguiente.
Mientras tanto,
el Poeta de la Dulce Pena
iba encontrando su voz.
Con ella pude dar un lugar
a mis derrotas,
mirarlas despacio,
decir cuánto dolían
y hacer algo con ellas.
La nostalgia encontró imágenes.
La tristeza encontró ritmo.
El cariño siguió escribiendo
tu nombre sin nombrarte.
Quiero que esa voz se escuche.
Quiero recuperar mis sueños,
elegir mis pasos,
vivir con libertad
y reconocerme
en cada palabra que escriba.
No quiero cambiar mi verdad
para gustar un poco más.
Soy este hombre,
con su ternura,
sus dudas,
su historia
y su manera de sentir.
Si alguna vez lees mis poemas,
quisiera que entendieras
lo que significaste para mí
y cuánto me costó
aprender a vivir con tu ausencia.
No sé qué sentirías al leerlos.
Yo puedo contarte
lo que ocurrió dentro de mí.
Todavía te quiero, Princesa.
Todavía hay cosas
que desearía poder decirte.
Y también tengo una vida
que necesita mi cuidado,
Los años no han pasado en vano:
me dejaron momentos buenos
y otros que todavía duelen;
también se cobraron su precio
y dejaron sus huellas en mí.
historias pendientes,
poemas por ordenar
y libros que algún día
abrirán mis descendientes.
Quisiera que encontraran
al hombre entero:
al que tuvo miedo,
al que necesitó compañía,
al que amó
y al que aprendió a continuar.
En mi voz cabe tu recuerdo,
pero también una montaña,
la risa de mi hija,
la lluvia en un cristal
y una musa con su sartén
que consiguió hacerme reír.
Después de tanto llanto,
volví a reír
con algo que había escrito.
Eso también quedó en mí.
De lo que perdí
no he podido recuperarlo todo.
Aún busco parte de aquella alegría,
la confianza,
la facilidad de ilusionarme.
Pero aquí estoy,
con una página delante
y ganas de saber
qué escribiré mañana.
Si quieres conocer
al hombre que hay detrás del poeta,
lee despacio.
A veces me refugio
entre mis versos.
A veces,
desde allí,
me atrevo a salir.
Poeta de la Dulce Pena