LA ÚLTIMA REBELIÓN DE LOS INFIERNOS
Cuando el Poeta de la Dulce Pena
pensaba que podía por fin descansar,
volvieron todos sus infiernos,
con rabia y violencia,
con ganas de sangre y venganza.
Alguien que no quería verle bien
abrió de nuevo la caja de Pandora
con insidia y perfidia.
¡Ay, poeta,
que no te quieren dejar vivir tranquilo!
Volvieron los recuerdos
más duros del pasado.
El poeta volvió a caer,
pero esta vez fue diferente:
sabía cómo defenderse.
Levantó todas sus defensas,
invocó el amor
hacia su Princesa del Amanecer,
se armó de valor
y recurrió a lo que mejor sabía hacer:
sus poemas, su voz, su corazón.
Pues, si una vez los derrotó,
volvería a hacerlo,
costara lo que costara.
Tenía que vencerlos
para toda la eternidad.
Cuando comenzó el enfrentamiento,
todos los elementos de la naturaleza
hicieron acto de presencia:
la luna, el trueno, el rayo,
el atardecer enrojecido,
el viento, la lluvia,
el mar y sus olas bravas.
Alguien preguntó:
—¿Es otra batalla épica?
El poeta respondió:
—No.
Son las fuerzas que perdieron
en aquella batalla épica
y han vuelto a vengarse.
Por eso tengo que derrotarlas
para toda la eternidad,
por el bien de la humanidad.
Y así, aquella noche,
volvió a enfrentarse a ellas,
con el amor
y la presencia de su musa.
Al amanecer, todo había acabado.
Los infiernos y sus habitantes
habían sido derrotados
con la palabra y el amor.
Su líder quedó cautivo
para toda la eternidad
en una prisión sin barrotes:
el amor, la compasión,
la ternura y el cariño
le impedían salir.
Por mucho que lo intentara,
aquellos sentimientos
siempre le cerraban el paso.
Poeta de la Dulce Pena