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La princesa y musa

Jesus Gil · 20 ago 2026

LA PRINCESA Y LA MUSA

Todos mis poemas tenían un destino,

un nombre escondido entre mis versos,

una mirada que vivía en mis sueños,

un amor que habitaba en mi universo.

Ella era mi Princesa,

mi Musa, mi inspiración,

la dueña de tantos versos

que nacieron desde el corazón.

Entre nosotros hubo heridas,

hubo lágrimas y dolor,

hubo sueños que se rompieron

y momentos sin explicación.

Y aun así seguía escribiendo,

porque no sabía dejar de amar,

porque, aunque ella me hiciera daño,

mi pluma la volvía a buscar.

Qué extraña es la vida del poeta,

qué difícil contradicción:

quien puede romperle el alma

puede también despertar su inspiración.

Ella fue aquello que no tuve,

lo que perdí, lo que soñé,

lo que tantas noches deseaba

y tantas veces imaginé.

Fue la causa de mis lágrimas,

pero también de mi poesía,

la protagonista de mis sueños,

la luz de tantas noches frías.

Y yo seguía escribiendo,

intentando entender mi dolor,

convirtiendo heridas en palabras,

y palabras en versos de amor.

La Princesa era ella.

La Musa también.

Y yo era solamente un poeta

intentando explicar lo inexplicable,

intentando convertir en belleza

aquello que por dentro era insoportable.

Quizá esa fue mi contradicción:

amar a quien podía herirme,

extrañar a quien me hizo llorar

y seguir escribiendo

aunque me doliera recordarla.

Pero el dolor nunca pudo callarme.

Al contrario.

Me dio palabras,

me dio versos,

me dio noches enteras escribiendo,

y una historia que algún día

tendría que terminar contando.

Porque mientras yo escribía sobre ella,

sin saberlo estaba escribiendo sobre mí.

Sobre mis sueños.

Sobre mis heridas.

Sobre mis batallas.

Sobre mis noches.

Sobre el hombre que fui

y sobre el poeta en el que me convertí.

Y quizá esa sea la mayor verdad de todas:

ella fue mi Princesa,

ella fue mi Musa,

pero el dolor que dejó en mi alma

fue quien terminó convirtiéndome

en el Poeta de la dulce pena.