El último viaje del poeta
El poeta murió violentamente,
por la noche, solo como había estado toda su vida.
Por la mañana lo encontraron rodeado de un gran charco de sangre, su sangre.
Cuando descubrieron su cuerpo sin vida,
en su rostro había serenidad.
Tenía una sonrisa.
Lo llevaron a la morgue.
Todo el mundo lo reconoció,
pero nadie reclamó su cuerpo.
Pasaron los días, allí permanecía
su cuerpo inerte, nadie se acordaba de que estaba allí.
Los elementos de la naturaleza,
todos se enfadaron al ver tal injusticia,
decidieron hacer justicia por su mano.
En los cielos el trueno bramaba de rabia.
El relámpago hizo que con su luz fuera de día a las 3 de la mañana.
La lluvia enfurecida inundó todo.
El viento destrozó todo lo que se cruzó por su camino.
Al enterarse, el mar se volvió rabioso.
Las olas arrastraban mar adentro a quien se acercaba a la orilla.
Decidieron intervenir.
Fueron a la morgue y se llevaron su cuerpo
a un lugar donde no lo encontraran jamás,
más allá de ningún sitio.
Lo enterraron con honores.
Todos sus poemas tomaron vida,
rindiéndole homenaje al poeta
que les hizo vivir.
Los poemas románticos llegaron primero,
con los brazos llenos de rosas,
los ojos inundados de lágrimas
y miles de besos que ya no tenían destinatario.
Los poemas de amor se abrazaban,
recordando a las musas y princesas
que habían inspirado sus versos.
Los poemas dramáticos aparecieron después,
vestidos de negro,
llorando desconsoladamente,
anunciando la mayor tragedia de todos los tiempos.
¡Hasta las montañas temblaron con sus lamentos!
Los poemas épicos llegaron con sus ejércitos,
ángeles celestiales, caballeros y estandartes.
Desenvainaron sus espadas
y formaron una guardia de honor.
Los que estaban muertos le prepararon su morada.
Entonces apareció un poema pequeñito,
recién nacido de la imaginación,
que todavía no comprendía
el significado de aquella despedida.
Se acercó a uno de los poemas más antiguos,
lo cogió de la mano
y preguntó entre sollozos:
—¿Qué va a ser de nosotros sin nuestro Poeta?
El viejo poema se arrodilló,
lo abrazó con ternura
y le respondió:
—No llores, pequeñito.
Nuestro Poeta nos regaló la vida,
nos enseñó a amar, a llorar,
a soñar y a luchar.
—¿Pero ¿quién escribirá ahora nuestras historias?
—Ya están escritas, pequeño.
Ahora serán los lectores
quienes nos darán vida
cada vez que abran sus libros.
El pequeño levantó la mirada.
—¿Entonces nunca desapareceremos?
El poema anciano sonrió.
—Mientras alguien recuerde sus versos,
una parte de nuestro Poeta
seguirá viviendo entre nosotros.
Y le acompañaron a su descanso eterno,
en el último viaje del poeta.