Antes de existir el Poeta de la Dulce Pena, existió otro poeta.
Su nombre era Poeta de la Noche.
Para comprender quién llegaría a ser años después el Poeta de la Dulce Pena hay que regresar a finales de 2012, cuando sus poemas todavía hablaban principalmente de amor, amistad, sueños y fantasía.
El Poeta comenzó escribiendo poemas de amor.
Al principio estaban dedicados a su mujer. Escribía lo que sentía intentando expresar mediante versos aquello que muchas veces resultaba difícil explicar con palabras.
Pero aquellos poemas apenas recibían respuesta.
El Poeta continuó escribiendo.
Con el tiempo comenzó a compartir algunos de sus poemas con una amiga muy especial, una mujer que años después ocuparía un lugar fundamental dentro de su universo literario: la Princesa del Amanecer.
Y ocurrió algo diferente.
Ella los leía.
Los valoraba.
Y, sobre todo, lo animaba a continuar escribiendo y mejorando.
Había una frase que repetía y que quedó grabada en la memoria del Poeta:
«Sé que lo puedes hacer mejor y lo sabes.»
Aquellas palabras suponían un pequeño desafío.
No bastaba con escribir.
Había que intentar escribir mejor.
El Poeta siguió haciéndolo.
A finales de 2012 comenzó a tomar forma aquella identidad literaria.
Todavía no existía la Dulce Pena.
No había comenzado la gran búsqueda de su musa.
Era simplemente un hombre que escribía durante la noche y que había descubierto que, mediante la poesía, podía invitar a otra persona a entrar en su imaginación.
De aquella época nació «Poeta de la noche»:
Soy tu poeta de la noche, aquel que te dedica sus poemas
y que te invita a sonreír, a pensar, a soñar, a reflexionar.
Cierra tus ojos, ponte cómoda e imagina lo que quieras.
Dame tu mano y viajemos a mi mundo de fantasía,
en donde todo lo que quieras hacer y pensar es posible,
donde todas las cosas que me pidas serán concedidas.
Pues a tu poeta con tu amistad lo iluminas y lo inspiras.
Estos versos contienen algunas de las semillas de lo que muchos años después sería el universo del Poeta de la Dulce Pena.
Ya estaba la noche.
Ya estaba la musa.
Ya estaba la fantasía.
Y, sobre todo, ya existía una invitación:
«Dame tu mano y viajemos a mi mundo de fantasía.»
Esto es importante para comprender la historia del Poeta.
Su mundo de fantasía no nació del sufrimiento.
Existía antes.
Al principio era un lugar luminoso donde todo parecía posible. Un espacio construido para sonreír, pensar, soñar y dejar volar la imaginación.
La mujer que años después sería conocida en sus escritos como la Princesa del Amanecer aparecía entonces vinculada a dos palabras fundamentales:
amistad e inspiración.
El propio poema lo decía:
«Con tu amistad lo iluminas y lo inspiras.»
Ella no escribía los poemas.
Los escribía el Poeta.
Pero encontrar a alguien que los leyera, los valorara y le dijera que podía hacerlo todavía mejor fue importante para que continuara escribiendo.
Poema tras poema, aquel mundo comenzó a crecer.
Ninguno de los dos podía saber entonces lo que ocurriría años después.
Llegaría un momento en que aquella musa desaparecería de la vida del Poeta.
Él esperaría su regreso.
Después comenzaría a buscarla dentro de sus recuerdos y de sus poemas.
La poesía cambiaría.
Llegarían la ausencia, el dolor, las noches oscuras, las carreteras, las montañas, las preguntas y una búsqueda que parecía no terminar nunca.
Y aquel antiguo Poeta de la Noche acabaría transformándose en otro personaje:
el Poeta de la Dulce Pena.
Pero esa es otra parte de la historia.
Para comprender al Poeta de la Dulce Pena primero había que conocer al hombre que existió antes de la pena.
Un poeta que escribía de noche.
Una amiga que leía sus versos.
Una frase que lo empujaba a mejorar:
«Sé que lo puedes hacer mejor y lo sabes.»
Y una invitación que, muchos años después, continúa definiendo su universo literario:
«Dame tu mano y viajemos a mi mundo de fantasía.»
Así comenzó la historia del Poeta de la Noche.
Y así comenzaron a escribirse las primeras páginas de lo que algún día sería Poemas de la Noche.