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Los infiernos del poeta

Jesus Gil · 20 sep 2026

LOS INFIERNOS DEL POETA

No te voy a contar mis infiernos.

Voy a pedirte algo mucho más difícil:

entra en ellos.

Cruza conmigo la puerta.

No tengas miedo.

Yo ya tuve miedo por los dos.

Cuando entres, quizá al principio no veas nada.

Solo habrá silencio.

Pero no será un silencio tranquilo.

Será ese silencio que pesa sobre el pecho, que te obliga a escuchar tus propios pensamientos, esos que durante el día consigues esconder detrás del trabajo, de las obligaciones, de las sonrisas y de las palabras que dices para que nadie descubra lo que realmente ocurre dentro de ti.

Sigue caminando.

No te detengas.

Yo caminé por aquí durante mucho tiempo.

Encontrarás recuerdos que todavía duelen.

Personas que un día fueron importantes y después se convirtieron en heridas.

Palabras que nunca debieron pronunciarse.

Abandonos.

Traiciones.

Soledad.

Encontrarás también al Poeta.

Pero quizá no lo reconozcas.

No esperes encontrar a un hombre fuerte.

Lo encontrarás cansado.

Sucio.

Herido.

Con los ojos llenos de noches sin dormir y el corazón lleno de preguntas para las que nadie tenía respuestas.

Habrá momentos en los que pensarás:

¿Cómo pudo seguir caminando?

Yo tampoco lo sé.

Quizá simplemente no sabía hacer otra cosa.

Así que seguí.

Un paso.

Después otro.

Y otro.

Aunque cada paso doliera.

En estos infiernos aprendí que una persona puede estar rodeada de gente y sentirse completamente sola.

Aprendí que hay heridas que no sangran y, sin embargo, pueden doler mucho más que cualquier herida visible.

Aprendí que algunas noches parecen no terminar nunca.

Y aprendí algo todavía más terrible:

que uno puede acostumbrarse al dolor.

Puedes caminar entre las llamas y llegar a pensar que ese es tu lugar.

Que no existe otra vida.

Que no existe otra mañana.

Que la oscuridad ha venido para quedarse.

Yo llegué a creerlo.

Y quizá esa fue la parte más peligrosa de mi infierno.

Porque el infierno no siempre grita.

A veces susurra.

Te dice que no puedes.

Que no vales.

Que todo terminó.

Que ya no queda nada.

Y cuando empiezas a creerlo, el infierno ya no necesita encerrarte.

Tú mismo dejas de buscar la puerta.

Pero yo la busqué.

No sé cuántas veces caí.

No sé cuántas veces pensé que ya no podía levantarme.

Pero hubo algo dentro de mí que se negó a morir.

Una pequeña luz.

Tan pequeña que algunas noches apenas podía verla.

Pero estaba allí.

Y mientras aquella luz siguiera encendida, aunque fuera débilmente, yo todavía tenía una razón para dar un paso más.

Así salí.

No salí siendo el mismo hombre que entró.

El hombre que entró en aquellos infiernos quedó allí dentro.

El que salió llevaba sus cicatrices.

Pero también llevaba algo que antes no tenía:

la certeza de que había sobrevivido.

Por eso hoy puedo abrir esta puerta.

Por eso hoy puedo enseñarte mis sombras.

No para que sientas lástima por mí.

Sino para que entiendas que detrás del Poeta de la Dulce Pena existe un hombre que tuvo que atravesar sus propios infiernos para volver a encontrarse.

Ahora te toca a ti.

Has caminado conmigo.

Has visto mis noches.

Has escuchado mis silencios.

Has conocido mis demonios.

Has llegado hasta el lugar donde yo pensé que no había salida.

Y ahora estás frente a la puerta.

La misma puerta por la que yo salí.

Antes de marcharte, quiero dejarte una pregunta.

No tienes que responderme.

Ni siquiera tienes que responderla en voz alta.

Solo respóndetela a ti mismo.

Porque quizá algún día tú también tengas que entrar en tus propios infiernos.

Y entonces recordarás estas palabras.

Yo salí.

¿Tú cómo habrías salido?