Durante años escribí sin imaginar que aquellos poemas acabarían convirtiéndose en las páginas de mi propia historia.
Escribí cuando fui feliz. Escribí cuando me enamoré. Escribí cuando descubrí que una sonrisa podía cambiarme el día y que unos ojos podían quedarse viviendo dentro de mis pensamientos.
Entonces era el Poeta de la Noche.
Muchos de aquellos versos tuvieron una destinataria: la princesa del amanecer.
Ella habitó mis poemas de muchas maneras. Fue sonrisa, mirada, ilusión, deseo, ausencia y esperanza. Le escribí aquello que sentía y también muchas cosas que quizá nunca fui capaz de expresar hablando.
Pero la vida cambió.
Llegaron las pérdidas, las decepciones, la soledad y unos años en los que aquel hombre que escribía sobre el amor comenzó a escribir desde lugares mucho más oscuros.
Y entonces nació el Poeta de la Dulce Pena.
No nació como un nombre bonito.
Nació del dolor.
Hubo noches interminables sobre ruedas. Carreteras sin destino. Montañas cubiertas de nieve. Pantanos silenciosos. Madrugadas frente al mar. Horas mirando hacia ninguna parte mientras intentaba encontrar respuestas a preguntas que parecían no tenerlas.
Y siempre llevaba algo conmigo.
Mis poemas.
Cuando no podía explicar lo que sentía, escribía.
Cuando las lágrimas ganaban a las palabras, escribía.
Cuando sentía que todo se derrumbaba, escribía.
La poesía se convirtió en el lugar donde podía dejar aquello que llevaba dentro sin que terminara destruyéndome.
Por eso mis poemas no son solamente literatura.
Son huellas.
Cada uno pertenece a un momento, a una emoción, a una persona, a una caída o a un intento por volver a levantarme.
Ahora, muchos años después, estoy reuniendo aquellas huellas para contar una historia que durante demasiado tiempo permaneció dispersa entre poemas, cartas, fotografías, recuerdos y documentos.
Esa historia tiene un nombre:
EL TRIUNFO DE LA VOLUNTAD FRENTE A LA ADVERSIDAD.
Y un subtítulo que explica prácticamente todo:
Cuando el dolor se convirtió en poesía.
No quiero escribir la historia de un héroe.
Quiero contar la historia de un hombre.
Un hombre que amó, se equivocó, lloró, cayó, tuvo miedo, perdió muchas cosas y atravesó momentos en los que apenas podía reconocerse a sí mismo.
Pero también la historia de un hombre que siguió escribiendo.
Porque incluso cuando todo parecía perdido, permanecía escondida en algún rincón una pequeña voluntad de continuar.
Hoy comprendo que el verdadero triunfo no consistía en recuperar exactamente la vida que había perdido.
Consistía en construir otra.
Convertir las heridas en experiencia.
Los recuerdos en memoria.
Las lágrimas en palabras.
Y el dolor en poesía.
Quizá algún día alguien abra este libro después de atravesar su propio infierno. Quizá reconozca en alguna de sus páginas una emoción que también haya sentido y se pregunte cómo aquel hombre consiguió continuar.
Entonces habrá merecido la pena escribirlo.
Porque este libro no pretende decir que nunca volveremos a caer.
Pretende dejar una prueba de que haber caído no significa que nuestra historia haya terminado.
El Poeta de la Noche escribió sobre sus sueños.
El Poeta de la Dulce Pena escribió sobre sus heridas.
Y el hombre que hoy reúne todos aquellos versos puede finalmente mirar hacia atrás y comprender que ambos eran la misma persona.
Yo.
Y esta será mi historia.
La historia de cómo atravesé mis noches más oscuras sin dejar definitivamente de buscar el amanecer.
La historia de cómo mis lágrimas encontraron palabras.
La historia de cómo mis heridas encontraron versos.
La historia de cómo, cuando parecía que solamente quedaba dolor,
el dolor se convirtió en poesía.
— Poeta de la Dulce Pena