Antes de existir el Poeta de la Noche, simplemente había un hombre que había descubierto algo inesperado: escribir le gustaba.
Todo había comenzado con Me llamaste Amigo de Verdad, un poema nacido de una experiencia real y escrito durante una noche de trabajo.
Después llegaron otros.
Pero entonces no existía ninguna página web.
No había libros.
No había un proyecto literario.
Ni siquiera imaginaba hasta dónde acabaría llegando todo aquello.
Mi mundo poético cabía entero en un lugar mucho más pequeño:
el bloc de notas de mi móvil.
Allí escribía.
Y casi siempre lo hacía de noche, mientras trabajaba.
Mientras la ciudad dormía, una idea aparecía en mi cabeza. La escribía en el móvil, jugaba con las palabras y, poco a poco, aquella idea terminaba convirtiéndose en un poema.
Después hacía un viaje muy sencillo:
del bloc de notas a WhatsApp.
Lo enviaba durante la noche.
Y ocurría algo que terminó convirtiéndose casi en una costumbre.
Mientras yo seguía trabajando, ellas dormían.
Horas después, cuando despertaban, cogían el móvil y se preparaban para comenzar un nuevo día e irse a trabajar, allí estaba:
su poema de buenos días.
Un poema que había nacido mientras ellas dormían.
Aquellos primeros poemas llegaban a algunas de las personas que formaban parte de mi vida: la Impresentable, la Pitufa, la Cartera y la que con el tiempo sería conocida dentro de mi mundo poético como la Princesa del Amanecer.
No todas reaccionaban igual.
Mientras mis poemas parecían pasar inadvertidos para quien entonces era mi mujer, otras personas los recibían con cariño y los valoraban.
Pero hubo alguien que comenzó a esperarlos.
La Princesa del Amanecer.
Me confesó que le encantaban mis poemas y me animaba a continuar escribiendo.
Hasta tal punto se convirtió aquello en una pequeña costumbre que, cuando algún día despertaba y no encontraba su poema, aparecía su particular reclamación:
—Gamberrete, hoy se te ha olvidado algo.
Aquella frase podía parecer una simple broma.
Para alguien que estaba comenzando a escribir significaba mucho más.
Significaba que alguien esperaba mis palabras.
Que alguien quería leer el siguiente poema.
Que aquello que escribía durante mis noches conseguía llegar hasta otra persona.
Y eso me empujaba a escribir otro.
Y después otro.
Y otro más.
Hasta que alguien me hizo una sugerencia:
—¿Por qué no utilizas un seudónimo?
Tenía bastante sentido.
Mis poemas nacían mientras trabajaba de noche.
Mientras otros dormían, yo escribía.
Y cuando llegaba el amanecer, mis versos estaban esperando en sus teléfonos para darles los buenos días.
Así apareció un nombre que terminaría definiendo perfectamente aquellos primeros años:
Poeta de la Noche.
Pero todavía faltaba algo.
Los poemas continuaban acumulándose en aquel pequeño bloc del móvil y viajando después por WhatsApp.
Hasta que llegó otra pregunta:
—¿Por qué no haces una web con todos los poemas?
Una web.
Nunca había pensado seriamente en aquello.
Lo que había empezado como unas palabras escritas para una amiga comenzaba a crecer.
Primero fue un poema.
Después fueron muchos.
Luego apareció un seudónimo.
Y finalmente aquellos poemas necesitaron un lugar donde vivir.
Así comenzó a tomar forma Poemas de la Noche.
Lo curioso es pensar en ello tantos años después.
Hoy existen una web, cientos de poemas, historias, personajes, un Reino de Fantasía y libros.
Existe el Poeta de la Dulce Pena.
Pero todo aquel universo tuvo una primera casa mucho más humilde:
el bloc de notas de un teléfono móvil.
Y tuvo también una rutina que explica perfectamente de dónde nació aquel primer nombre:
yo escribía durante la noche para que, cuando ellas despertaran, tuvieran un poema esperándolas para darles los buenos días.
Quizá por eso nunca pude llamarme de otra manera.
Antes del Poeta de la Dulce Pena...
fui el Poeta de la Noche.